martes 10 de noviembre de 2009

Las guerras del comandante (II)

Tiene los ojos abiertos el comandante, pero da lo mismo, no ve nada. Nada de lo de afuera, de lo real. Todo lo que hay en su bóveda craneal son imágenes de lo vivido, de lo pasado. El ahora no existe para este pedazo de aquel que todo lo fue hasta que su pueblo descubrió que nada era.
Siempre sueña con sus guerras. Pero hasta el desahuciado comandante reconoce en su insanidad que eso nunca fue. Que no es un recuerdo. Es una mentira que él mismo se ha creado en ese basurero que es su mente y que siempre fue una mentira mientras aún era el todopoderoso de la pobre nación rica que dirigía con sus botas.
Se impregna por detrás de sus retinas su propia imagen, grande, abultado por tanto chaleco que debía usar debajo del uniforme para cuidarse de sus enemigos imaginarios, alterado, rojo el rostro, vociferando. Esa era la actitud que le gustaba. La de camorrero. La del que amenaza y amenaza sin tener los pantalones para cumplirlas.
Rememora en esa imagen su gran pasión por declarar guerras. Le encantaba declarar guerras aquí y allá. A países grandes, pequeños, medianos, a cualquiera que no encajara en sus sueños de grandeza y le dijera o insinuara que no iba por el camino correcto.
Recuerda el comandante (o su mente le hace recordar porque ya este personaje no tiene ni voluntad para recordar lo que quiere) una difícil época durante su reinado. Ya llevaba demasiados años en el poder, a costa de manipular leyes y organismos electorales, y el pueblo comenzó a reclamar por las cosas básicas. Ya no se comían el cuento del sacrificio por la revolución. La revolución llevaba años culpando a gobiernos anteriores que ya ni siquiera estaban en la mente de la gente.
La gente se cansó. Lo encaró. Reclamó el derecho a los servicios básicos. Energía eléctrica era uno de ellos. El pueblo no se explicaba cómo un país con tanto potencial hidroeléctrico no fuera capaz de cumplir mínimamente con las necesidades de la población. Los apagones eran constantes. Los artefactos eléctricos adquiridos con mucho esfuerzo por la gente, se dañaban sin que nadie respondiera por ello. La gente se enfureció y protestó. No hizo caso el comandante. Culpó al pueblo por usar electricidad, cuando con velas podían alumbrarse perfectamente.
Sigue la danza de recuerdos en la parte de atrás de la retina del cuerpo inerme en la cama de hospicio. Ve a la gente reclamando por agua, en un país con recursos hídricos envidiados por otros países. La sed mataba a la gente. Mujeres y hombres pasaban la mitad de la jornada cargando agua de un lado a otro. El agua no aparecía. La gente protestó mil veces con sus baldes vacíos. El comandante no les hizo caso. Los acusó de usar demasiada agua para bañarse. Con una totuma de agua él se daba un baño perfecto, decía.
Ve sangre el comandante. La de miles de personas muertas a manos de la delincuencia. Mientras él contaba con cientos de hombres para su seguridad (por su manía de que lo querían matar), día a día la población se enfrentaba a la inseguridad más aterradora. Salir de la casa, del trabajo o del colegio, era una experiencia traumática. La gente no sabía si llegaría con vida a su casa. Los delincuentes tomaron el poder de las calles. El comandante lo negó. No hizo caso.
Llega a la pantalla privada del ex-dictador, la visión de anaqueles vacíos. Filas kilométricas de personas para poder comprar alimentos básicos. No había nada en los mercados. Había que dar vueltas y más vueltas hasta para conseguir leche para un recién nacido. El comandante lo negó. No hizo caso.
Se observa el comandante sentado en su gran silla roja con la imagen del héroe de la patria detrás. Se mira a sí mismo cavilando, con miedo, sin saber qué hacer ante esta debacle que amenazaba su permanencia en el poder. Una sonrisa se dibujaba en la faz del hombre en la silla de oropel. Ya sabía qué hacer. La solución era distraer a la gente, darles otro motivo de preocupación que borrara todas aquellas que eran totalmente su culpa. Había que buscar un asunto grave que desviara la atención de los quejones.
Declaró una guerra el comandante. Declarar es decir mucho. Amenazó con una guerra el comandante. Amenazó al país vecino. Al mismo al que hacía unos meses había enviado cientos de tanques de guerra que no llegaron ni a la vuelta de la esquina.
No se ofreció él ni su familia a ir al frente de batalla a defender el honor supuestamente mancillado del país. Llamó a los civiles. “A formarse los civiles”, gritaba. “Vamos, muévanse a defender a la patria”, vociferaba. “Nos quieren invadir”, alucinaba entre lecos.
Como todas las guerras del comandante, ésta también quedó sólo para su imaginación. No hubo batalla. El supuesto enemigo sabía de la manía del ex-militar por las falsas guerras. Tanto así que no enviaron ni un cabo raso a la supuesta contienda. Sabían que con la píldora indicada, la epilepsia verbal del hombre se calmaría.
El pueblo sin agua, sin electricidad y sin comida no tenía ganas ni fuerzas de seguir las locuras del ya insano personaje. Se quedó con las ganas de ser héroe de guerra el señor que todo lo podía.
Sigue con los ojos abiertos el comandante. Se van difuminando las imágenes que le trajeron de vuelta por un rato todas las guerras en las que no guerreó. Pero sigue en su guerra propia el comandante, esa pelea que tiene día a día con el despojo de vida que le queda para que lo deje de una vez irse de este mundo. Sigue soñando con guerras, comandante.
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