jueves 1 de diciembre de 2011

La Parca y el comandante


Pareciera que el fin está cerca. Es la esperanza que todavía mantiene el comandante.  Él, que tanto miedo le tuvo a la muerte, ahora daría cualquier cosa para que la parca lo visitara y lo llevara con ella. Ya no importa dónde. Al cielo, al infierno, donde sea menos en este marasmo. Los viejos cuentan que esta perpetuación de su condición de difunto en vida es una maldición que le echaron en los tiempos en los que embebido de poder invocaba constantemente a la muerte como un mantra maldito. Tal parece que Morta, la tercera parca, pospusiera a propósito la hora de cortar la cuerda que mantiene al comandante amarrado a este mundo. Se burla de él. Se acerca, lo toca, se va y lo deja esperando de nuevo.

El comandante ya no es un caso clínico. La ciencia se aburrió de tanto investigar, sin resultado, el porqué este hombre que comenzó a morir hace tantos años aún  permanece en el planeta. La enfermedad que comenzó esta eterna agonía debió haber acabado con él hace mucho tiempo. Pero él sigue aquí, como recordatorio perpetuo del mal que hizo.

Muchos intuyen  que la enfermedad del comandante tuvo su origen en la mentira. Fueron tantas y tan desmedidas que su cuerpo fue absorbiendo una maraña de rara energía y se vio sobrepasado por ellas. Primero fueron sus propias mentiras, las normales, las de todos los días. Luego la cosa se fue complicando cuando se empezaron a mezclar, a confundirse entre ellas y tomar vida propia. Se combinaron las mentiras que él le decía al pueblo con  las que se decía a sí mismo; se fusionaron  las verdades que se empeñaba en no ver con lo que le ocultaban aquellos que creía eran de su confianza. Se concentraron las mentiras que le decían sus seguidores verdaderos para no herirlo y las de aquellos que lo seguían para sacar el máximo provecho de la situación. Se enredaron las mentiras que le decía al mundo entero con aquellas que le devolvían para seguirle la corriente a su insania.

Las mentiras lanzadas, las recibidas, las pensadas, las creídas y las no creídas se convirtieron en un ente aparte que hizo vida dentro de su cuerpo, moviéndose a su gusto y alimentándose de la podredumbre que ocultaba en su interior. Allí se convirtió hace ya muchos años en enfermedad maligna, en recordatorio de su humana mortalidad.

El daño está hecho Ya ni mentirse puede el comandante porque la realidad es tan apabullante que no la puede soslayar ni siquiera en este mundo de inconsciencia que es su diario existir. Este vegetar improductivo que se alarga inhalación tras inhalación, exhalación tras exhalación, a la espera impaciente de que la próxima sea la última bocanada  de aire y la siguiente sea la expiración definitiva.

Hasta el aire que rodea al vegetante de camisa verde oliva está cansado. Cada molécula de oxígeno se mueve pesadamente para entrar en aquel cuerpo. Aquellas que están destinadas a ser las del último suspiro están agazapadas en un rincón, aferradas con cada átomo al yeso que cubre la pared. Ya se soltarán algún día. Ya llegarán hasta aquel conducto respiratorio a darle permiso al difunto para dejar este mundo. El último suspiro llegará. No por ahora, comandante.