Pareciera que el fin está cerca. Es la esperanza que
todavía mantiene el comandante. Él, que
tanto miedo le tuvo a la muerte, ahora daría cualquier cosa para que la parca
lo visitara y lo llevara con ella. Ya no importa dónde. Al cielo, al infierno,
donde sea menos en este marasmo. Los viejos cuentan que esta perpetuación de su
condición de difunto en vida es una maldición que le echaron en los tiempos en
los que embebido de poder invocaba constantemente a la muerte como un mantra
maldito. Tal parece que Morta, la tercera parca, pospusiera a propósito la hora
de cortar la cuerda que mantiene al comandante amarrado a este mundo. Se burla
de él. Se acerca, lo toca, se va y lo deja esperando de nuevo.
El comandante ya no es un caso clínico. La ciencia se
aburrió de tanto investigar, sin resultado, el porqué este hombre que comenzó a
morir hace tantos años aún permanece en
el planeta. La enfermedad que comenzó esta eterna agonía debió haber acabado
con él hace mucho tiempo. Pero él sigue aquí, como recordatorio perpetuo del
mal que hizo.
Muchos intuyen
que la enfermedad del comandante tuvo su origen en la mentira. Fueron
tantas y tan desmedidas que su cuerpo fue absorbiendo una maraña de rara
energía y se vio sobrepasado por ellas. Primero fueron sus propias mentiras,
las normales, las de todos los días. Luego la cosa se fue complicando cuando se
empezaron a mezclar, a confundirse entre ellas y tomar vida propia. Se
combinaron las mentiras que él le decía al pueblo con las que se decía a sí mismo; se fusionaron las verdades que se empeñaba en no ver con lo
que le ocultaban aquellos que creía eran de su confianza. Se concentraron las
mentiras que le decían sus seguidores verdaderos para no herirlo y las de aquellos
que lo seguían para sacar el máximo provecho de la situación. Se enredaron las mentiras
que le decía al mundo entero con aquellas que le devolvían para seguirle la corriente
a su insania.
Las mentiras lanzadas, las recibidas, las pensadas,
las creídas y las no creídas se convirtieron en un ente aparte que hizo vida
dentro de su cuerpo, moviéndose a su gusto y alimentándose de la podredumbre
que ocultaba en su interior. Allí se convirtió hace ya muchos años en
enfermedad maligna, en recordatorio de su humana mortalidad.
El daño está hecho Ya ni mentirse puede el comandante
porque la realidad es tan apabullante que no la puede soslayar ni siquiera en
este mundo de inconsciencia que es su diario existir. Este vegetar improductivo
que se alarga inhalación tras inhalación, exhalación tras exhalación, a la espera
impaciente de que la próxima sea la última bocanada de aire y la siguiente sea la expiración
definitiva.
Hasta el aire que rodea al vegetante de camisa verde
oliva está cansado. Cada molécula de oxígeno se mueve pesadamente para entrar
en aquel cuerpo. Aquellas que están destinadas a ser las del último suspiro
están agazapadas en un rincón, aferradas con cada átomo al yeso que cubre la
pared. Ya se soltarán algún día. Ya llegarán hasta aquel conducto respiratorio
a darle permiso al difunto para dejar este mundo. El último suspiro llegará. No
por ahora, comandante.




